El 8 de agosto de 1973, el clima político en Asia Oriental alcanzaba temperaturas árticas. Kim Dae-jung, el principal líder de la oposición democrática contra la dictadura militar de Park Chung-hee en Corea del Sur, se encontraba en el exilio en Tokio. Mientras salía de una reunión en el Hotel Grand Palace, comandos de la Agencia Central de Inteligencia de Corea (KCIA) lo emboscaron a plena luz del día, lo drogaron con cloroformo y lo arrastraron hasta una habitación secreta en las afueras de la ciudad japonesa para borrarlo del mapa.
Los agentes lo desnudaron, lo ataron fuertemente a una tabla de madera, le amarraron pesados bloques de cemento a los pies y le vendaron los ojos con una sola misión: lanzarlo desde un barco a las profundidades del estrecho de Corea para que jamás fuera hallado. Justo en el instante en que lo suspendían sobre el abismo marino para cometer el magnicidio, un destello cegador cruzó el cielo nocturno y el motor de una lancha patrulla militar japonesa apareció de la nada, obligando a los sicarios a cambiar de planes de emergencia de manera abrupta.
En lugar de hundirlo en el fondo del océano, los desconcertados agentes terminaron arrojándolo a la deriva en las costas de Seúl varios días después, vivo y milagrosamente a salvo tras una intensa presión diplomática de Estados Unidos y Japón. Aquel intento fallido de asesinato catapultó su carrera internacional, convirtiéndolo décadas más tarde en el octavo presidente de Corea del Sur y en el ganador del Premio Nobel de la Paz en el año 2000.
"El propio Kim Dae-jung atribuyó su supervivencia a una plegaria desesperada que hizo en silencio mientras sentía el frío metal de los bloques de cemento rozar contra sus piernas."