Corría el mes de mayo de 1606 en Moscú, Europa del Este, cuando una turba enfurecida asaltó el mismísimo Kremlin para asesinar al zar Dmitri I el Falso, un usurpador que había enfurecido a la nobleza rusa. Viéndose acorralado en sus aposentos privados sin ejército ni escapatoria aparente frente a cientos de rebeldes sedientos de sangre, el monarca tomó una decisión tan desesperada como demencial para salvar su vida.
Sin dudarlo un segundo, Dmitri corrió hacia una ventana alta de la torre del palacio y se lanzó al vacío desde una altura mortal de más de veinte metros, esperando milagrosamente amortiguar la caída. Para colmo de su mala suerte, el impacto brutal contra el patio adoquinado rompió su pierna de inmediato, dejándolo a merced de los guardias traidores que lo encontraron retorciéndose de dolor entre los escombros.
Aunque los conjurados lo masacraron allí mismo minutos después, su legendaria e imposible fuga inicial quedó grabada para siempre en los archivos diplomáticos de la época como uno de los intentos de evasión más audaces y bizarros de la historia europea del siglo XVI.
"Tras ser asesinado, su cuerpo fue incinerado y sus cenizas mezcladas con pólvora fueron disparadas por un cañón en dirección a Polonia, el país de donde había venido."