Corría el año 1623 y el Imperio Otomano se desangraba entre revueltas palaciegas. Los temidos jenízaros, la guardia de élite del Sultán, decidieron que el Gran Visir Ethem Pasa debía pagar con su vida por la crisis económica. Cuando la turba enardecida irrumpió con hachas y cimitarras en las dependencias oficiales del Palacio de Topkapi, el visir se vio acorralado en una habitación sin salida aparente, mientras escuchaba los gritos de muerte que se acercaban por los pasillos de mármol.
En un acto de pura desesperación, Ethem Pasa recurrió a una maniobra de espionaje interno y supervivencia extrema. Aprovechando el caos y la oscuridad de los laberínticos conductos de servicio del harén —conocidos solo por los eunucos de mayor confianza—, logró disfrazarse de vendedor ambulante de agua. Con un cántaro al hombro y la cara manchada de hollín, caminó entre los amotinados que buscaban frenéticamente a un hombre con túnicas de alta alcurnia.
Para asombro de la corte, el visir cruzó las puertas principales de Topkapi a plena luz del día, mezclándose con los curiosos que observaban el tumulto exterior, logrando una fuga imposible que dejó en ridículo a los mejores mercenarios del imperio. Aunque sobrevivió al ataque inicial, su destino final fue trágico: fue capturado semanas después cuando intentaba huir hacia Anatolia y ejecutado públicamente en la plaza de los caballos.
"Para evitar que su cuerpo fuera profanado por la turba, los leales a Ethem ocultaron sus restos en una tumba anónima que jamás pudo ser localizada por sus verdugos."