En la sofocante noche del 17 de junio de 1754, los habitantes de Windham, Connecticut, fueron arrancados de su sueño por un estruendo ensordecedor que parecía provenir simultáneamente del cielo y de la tierra. En pleno auge de la Guerra Franco-Indígena, el pánico se apoderó de la colonia; los hombres, convencidos de que estaban siendo masacrados por un ejército invasor o enfrentando el Juicio Final, tomaron sus mosquetes y comenzaron a disparar frenéticamente hacia la densa oscuridad del bosque. La histeria fue tal que muchos juraron escuchar gritos de guerra en lenguas extrañas, mientras las familias se refugiaban rezando por sus almas en lo que creían eran sus últimos minutos de vida.
Al despuntar el alba, el escenario de batalla reveló una realidad tan bizarra que humilló a toda la población: no había soldados franceses, ni demonios, ni ejércitos indígenas. El terreno estaba cubierto por los cadáveres de miles de ranas toro gigantes que yacían amontonadas cerca de un estanque casi seco. Debido a una sequía extrema, las ranas habían iniciado una migración masiva y desesperada hacia la única fuente de agua restante, luchando entre sí con un croar tan potente y distorsionado por el eco del valle que sonaba como un rugido apocalíptico. La carnicería fue real, pero las víctimas fueron anfibios que murieron tanto por la asfixia del hacinamiento como por el fuego cruzado de los colonos aterrorizados.
Este evento no quedó en el olvido, sino que convirtió a Windham en el hazmerreír de las colonias americanas durante décadas, inspirando poemas satíricos y baladas populares sobre la cobardía ante los anfibios. A pesar de la humillación inicial, los habitantes decidieron abrazar su bizarra historia; tanto así que, hasta el día de hoy, el sello oficial de la ciudad de Windham muestra a una rana toro con una corona, y el puente principal está decorado con estatuas de bronce de estos animales. Lo que comenzó como una noche de terror colectivo impulsada por la paranoia de guerra, terminó documentado como uno de los casos de histeria animal-humana más absurdos y reales de la historia de Norteamérica.
"Los habitantes estaban tan sugestionados que algunos afirmaron bajo juramento que las ranas gritaban los nombres específicos de los coroneles de la milicia local para exigir su rendición."