El verano de 1749 comenzó con una falsa promesa de abundancia agrícola en Nueva Inglaterra, Norteamérica, pero rápidamente se transformó en una pesadilla entomológica. Millones de langostas de las Rocosas emergieron repentinamente de la tierra en una marea devoradora de insectos que avanzaba sin piedad, oscureciendo el sol del mediodía y convirtiendo los campos más verdes en páramos desolados en cuestión de minutos.
El pánico colectivo escaló cuando los animales no solo diezmaron las cosechas de maíz y trigo, sino que invadieron las calles de ciudades como Boston, cubriendo las casas en capas impenetrables y emitiendo un sonido ensordecedor al chocar contra las ventanas. La histeria fue tal que las autoridades locales declararon estado de emergencia, organizando batidas donde los ciudadanos debían recolectar cubos llenos de insectos bajo amenaza de multas severas.
El fenómeno culminó con una serie de rogativas eclesiásticas masivas y un cambio brusco en las corrientes de aire que finalmente arrastró a los sobrevivientes hacia el océano Atlántico, dejando tras de sí una crisis alimentaria sin precedentes en la colonia. Este evento quedó grabado en los anales como uno de los mayores recordatorios de la implacabilidad de la naturaleza en el siglo XVIII.
"La plaga fue tan densa que los informes de la época aseguran que el suelo crujía y se movía literalmente bajo los zapatos de los transeúntes debido a la acumulación de insectos."