En el crudo invierno de 1667, el médico Jean-Baptiste Denys concibió una solución demencial para tratar los desórdenes mentales: si el temperamento residía en los fluidos, bastaba drenar la sangre hirviente de un loco y reemplazarla con la noble docilidad de un rumiante. El conejillo de indias fue Antoine Mauroy, un indigente parisino famoso por correr desnudo y prender fuego a edificios durante sus ataques de furia. Ante una congregación de médicos atónitos, Denys unió la arteria carótida de un ternero a la vena del brazo del hombre utilizando cañones de plumas de ganso como cánulas rudimentarias. Fue el primer experimento registrado de transfusión entre especies en humanos, realizado a ciegas dos siglos antes de que la ciencia comprendiera los grupos sanguíneos.
El cuerpo humano reaccionó de inmediato a la invasión biológica. Mauroy empezó a quemar en fiebre, vomitó bilis espesa y cayó en un sopor comatoso del que despertó expulsando una orina tan densa y negra como el carbón, síntoma inequívoco de una destrucción masiva de glóbulos rojos en sus riñones. Pese a que el paciente sobrevivió de milagro a dos procedimientos, su esposa exigió una tercera sesión para aplacar una nueva recaída violenta. Durante esta última transfusión, Mauroy convulsionó salvajemente sobre la mesa de operaciones y falleció en cuestión de horas, desatando una ola de histeria colectiva en toda Francia.
La viuda demandó a Denys por envenenamiento criminal, pero el juicio tomó un rumbo macabro. La autopsia ordenada por el tribunal del Châtelet reveló que Mauroy había sido asesinado con arsénico por su propia esposa, quien aprovechó el caótico experimento médico para deshacerse de él sin levantar sospechas. Aunque Jean-Baptiste Denys fue absuelto del cargo de asesinato en 1668, el Parlamento de París y la Facultad de Medicina quedaron tan aterrados por la naturaleza aberrante del ensayo que prohibieron las transfusiones sanguíneas bajo pena de prisión, sepultando esa práctica médica durante más de 150 años.
"La Facultad de Medicina de París temía tanto a este experimento que emitió un edicto afirmando que la sangre animal transformaría a los humanos en bestias con cuernos y pezuñas."