En la primavera del 525 a.C., el rey aqueménida Cambises II llegó a las puertas de Pelusio, la formidable ciudadela militar que custodiaba la frontera oriental del delta del Nilo. La plaza parecía inexpugnable: murallas masivas, fosos profundos y arqueros de élite provistos de suministros para resistir meses. Sin embargo, el monarca persa concibió un plan de asalto que ningún tratado bélico de la Antigüedad había previsto. Informado con precisión sobre el rígido dogma religioso del faraón Psamético III y de sus soldados, Cambises ordenó a su vanguardia capturar vivos a cientos de perros, ovejas, ibis y, por encima de todo, gatos, criaturas idolatradas como encarnaciones divinas cuya muerte accidental o deliberada conllevaba la pena capital inmediata.
Al despuntar el alba, los vigías egipcios en lo alto de las almenas presenciaron un espectáculo desconcertante y aterrador. La infantería persa no avanzaba tras manteletes o torres de asalto blindadas; al frente arriaban una estampida caótica de felinos aterrados y, según registró el historiador macedonio Polieno, los soldados aqueménidas marchaban empuñando a los gatos directamente contra sus pechos o atados al frente de sus escudos. El impacto psicológico desmanteló por completo la defensa. Tensar las cuerdas de los arcos y descargar una lluvia de flechas significaba herir a las representaciones terrenales de la diosa Bastet, un sacrilegio absoluto que condenaba el alma del tirador a la destrucción eterna en el inframundo.
El pavor teológico paralizó a la guarnición: negándose a soltar una sola flecha, los soldados egipcios rompieron filas en una desbandada frenética antes del primer choque cuerpo a cuerpo. Los invasores escalaron las murallas sin oposición sustancial, y la insólita maniobra de los rehenes felinos sentenció el colapso de la última dinastía de faraones nativos de Egipto. Pelusio cayó casi intacta, despejando la invasión de Menfis y la posterior captura del faraón. Como humillación final a la rendición más absurda de la época, la tradición helena sostiene que Cambises desfiló ante los prisioneros arrojándoles gatos a la cara para celebrar su victoria.
"En el Antiguo Egipto, matar a un gato se castigaba con la ejecución pública inmediata por linchamiento, sin derecho a indulto real ni juicio previo."