A finales de 1915, en plena Primera Guerra Mundial, el gobierno británico identificó a un enemigo interno que amenazaba la producción de municiones: la camaradería de los pubs. Para el ministro David Lloyd George, el hábito obrero de invitar a una ronda fomentaba borracheras masivas que retrasaban los suministros bélicos. La solución estatal fue tan radical como inverosímil: promulgaron la No-Treating Order, un decreto bajo la Ley de Defensa del Reino que convertía en delito pagar la bebida de otra persona.
La normativa estipulaba que cada cliente debía ordenar y pagar exclusivamente su propio vaso con dinero salido de su propio bolsillo. El Ministerio del Interior desplegó a cientos de inspectores encubiertos que se mezclaban entre la multitud con libretas ocultas. Las detenciones rozaron el absurdo: en Newcastle, un minero fue multado con una suma astronómica por comprar una pinta a su padre convaleciente, mientras que en Londres un hombre fue arrestado porque su esposa no llevaba su propio monedero y él puso dos peniques para pagarle un vino.
El tabernero que servía a un cliente sospechoso de aceptar una invitación ajena se arriesgaba a la clausura inmediata y a seis meses de prisión con trabajos forzados. Lejos de ser ignorada, la medida destruyó siglos de etiqueta social en las tabernas británicas y sentó las bases para el control estatal del ocio. El gobierno aprovechó el pánico moral para imponer horarios de cierre draconianos que marcaron la vida nocturna del Reino Unido durante casi un siglo entero.
"Para garantizar el cumplimiento de la ley, el gobierno británico llegó a comprar y nacionalizar todos los pubs y fábricas de cerveza de la ciudad de Carlisle durante más de 50 años."