A finales del siglo XVII, en el Reino de Ouidah (en la actual República de Benín), el orden social dependía de un reptil. La población rendía culto fanático a las pitones reales, consideradas deidades vivas y guardianas de las cosechas; las serpientes deambulaban libremente por calles, chozas y almacenes de grano sin que nadie pudiera tocarlas bajo pena de muerte en la hoguera. La convivencia pacífica entre humanos y reptiles era sagrada, hasta que un día de 1697 un cerdo callejero cometió el peor error biológico de la historia africana: atrapó a una pitón sagrada y le devoró la cabeza de un solo bocado en medio de un mercado.
El hallazgo del cadáver descabezado desató una histeria colectiva sin precedentes. Los sumos sacerdotes irrumpieron en el palacio real clamando que la ira de los dioses caería sobre las cosechas y exterminaría a la población si el ultraje no era purgado de inmediato. El monarca no se conformó con ejecutar al animal culpable; convencido de que la especie entera era cómplice de la profanación, el rey promulgó una orden de exterminio total contra cada cerdo del reino. Willem Bosman, un comerciante holandés que administraba factorías en la zona y presenció los hechos, documentó cómo miles de guerreros armados con lanzas y alfanjes barrieron el país aldea por aldea.
La paranoia popular alcanzó niveles delirantes: esconder o intentar salvar a un lechón se consideraba traición religiosa y conllevaba la ejecución de la familia entera, por lo que los campesinos entregaban a sus propios animales. Ouidah se transformó en un gigantesco matadero a cielo abierto donde se degollaron miles de cerdos en cuestión de semanas; el hedor de las pilas de carroña pudriéndose al sol atrajo bandadas de buitres y casi desata una epidemia, pero el objetivo se cumplió: la especie fue literalmente borrada del mapa del reino durante años para que las serpientes volvieran a reinar en paz.
"El estatus divino de las serpientes era tan extremo que los comerciantes europeos debían arrodillarse y pedirles perdón si una entraba a sus barracas, ya que tocarlas con rudeza bastaba para desatar una turba linchadora."