En la apacible mañana del 15 de septiembre de 1655, la pequeña colonia holandesa de Nueva Ámsterdam (actual Manhattan) quedó al borde del colapso por una fruta. El exfiscal general de la colonia, Hendrick van Dyck, descubrió a una mujer indígena Munsee recolectando melocotones de un árbol de su jardín privado, ubicado cerca de la actual Wall Street. Enfurecido por lo que consideraba un ultraje a su propiedad privada, Van Dyck no dudó en levantar su mosquete y disparar a quemarropa, matando a la mujer en el acto ante el asombro del vecindario.
La respuesta nativa fue fulminante y expuso la mayor estupidez militar holandesa de la época: el gobernador Peter Stuyvesant había dejado Manhattan totalmente desprotegida, tras movilizar a toda la guarnición armada hacia el río Delaware para conquistar Nueva Suecia. Al amanecer siguiente, una flota silenciosa de 64 canoas desembarcó a casi dos mil guerreros indígenas en el extremo sur de la isla. Lo que comenzó como una incursión de castigo personal derivó en caos absoluto cuando las milicias coloniales entraron en pánico y abrieron fuego; los guerreros atravesaron el pecho de Van Dyck con una flecha (quien milagrosamente sobrevivió) e incendiaron múltiples asentamientos.
El conflicto, bautizado irónicamente como la Guerra del Melocotón, redujo a cenizas las granjas de Staten Island y Pavonia antes de que las tropas regulares regresaran a toda prisa. Los colonos tuvieron que negociar desesperadamente y pagar rescates con cargamentos de pólvora y plomo para liberar a más de 100 cautivos. Aquel solitario árbol frutal alteró para siempre la geopolítica de la isla, obligando a los holandeses a fortificar a las apuradas una muralla defensiva de troncos que, años más tarde, daría su nombre definitivo a la célebre Wall Street.
"Para calmar la furia de los indígenas, las autoridades coloniales tuvieron que pagar un tributo formal de rescate que equivalía a 500 libras de pólvora por cada prisionero capturado tras el robo del melocotón."