A mediados de julio de 1374, las calles de la ciudad medieval de Aquisgrán se convirtieron en un escenario de pesadilla. Sin causa aparente, decenas de campesinos y artesanos comenzaron a lanzarse al suelo, girar en círculos y bailar compulsivamente tomados de las manos. No había músicos, cánticos festivos ni fiesta alguna; los afectados bailaban con los ojos desorbitados, bañados en sudor helado y chillando que veían espíritus ahogándolos en ríos de sangre.
El frenesí se propagó como la peste por Renania, Flandes y los Países Bajos en cuestión de semanas. Los danzantes saltaban de manera ininterrumpida durante horas y días hasta que sus pies quedaban en carne viva y las costillas se les rompían por las violentas convulsiones. Durante el trance, desarrollaron dos obsesiones tan absurdas como violentas: atacaban con furia homicida a cualquiera que llevara prendas de color rojo y exigían a los transeúntes que les ataran fuertemente sábanas alrededor del abdomen, suplicando compresión para evitar que sus tripas estallaran por el esfuerzo.
Las autoridades y el clero intentaron frenar la masa mediante exorcismos masivos en las catedrales y prohibiendo por decreto la fabricación de calzado puntiagudo, al que culpaban de provocar al diablo. El delirio colectivo no se disipó hasta finales de otoño, dejando cientos de muertos por colapso cardíaco y agotamiento absoluto en los caminos europeos. Hoy la ciencia debate si la histeria derivó de una intoxicación masiva por cornezuelo del centeno o de un trauma psicosocial extremo tras la Peste Negra y las catastróficas inundaciones del río Rin ese mismo verano.
"Para calmar a los danzantes, los médicos medievales contrataban matones callejeros para que les dieran puñetazos en el vientre, creyendo que el impacto físico sacaba el aire maligno acumulado."