El 9 de abril de 1548, en el gélido valle andino de Jaquijahuana, cerca del Cusco, todo estaba dispuesto para la carnicería más colosal del siglo XVI en América. Gonzalo Pizarro, autoproclamado señor absoluto del Perú, había alineado a la élite de los conquistadores españoles, veteranos curtidos en mil masacres y pertrechados con la artillería más moderna del continente. Al frente no aguardaba un general legendario, sino Pedro de la Gasca, un clérigo anciano, menudo y desarmado, enviado por la Corona española sin soldados pero con un cofre repleto de perdones reales firmados en blanco. La orden de degüello era inminente.
Cuando sonaron los clarines y Pizarro ordenó abrir fuego a discreción, ocurrió el mayor bochorno de la historia bélica colonial: absolutamente nadie disparó. En lugar de cargar contra el sacerdote, el jefe de caballería rebelde espoleó con calma su montura y trotó tranquilamente hacia las líneas realistas para cambiar de bando. De inmediato, escuadrones enteros de arcabuceros bajaron las mechas y comenzaron a desfilar en fila india hacia el enemigo a plena luz del día, charlando entre ellos y saludando a quienes debían masacrar. El lugarteniente de Pizarro, el sanguinario Francisco de Carvajal —un veterano de ochenta años apodado el «Demonio de los Andes»—, bajó su espada, se cruzó de brazos y empezó a cantar a carcajadas una copla popular: «Estos mis cabellicos, madre, uno a uno se los lleva el aire».
En cuestión de dos horas y sin derramar una sola gota de sangre en el frente, el temido ejército rebelde se evaporó por completo ante los ojos de su incrédulo comandante. Gonzalo Pizarro quedó completamente solo en medio del valle, vestido con una fastuosa armadura de oro y terciopelo, mientras miles de sus antiguos hombres lo observaban divertidos desde la trinchera contraria. Sin otra opción que la rendición incondicional, entregó su espada a un fraile sin haber lanzado una sola estocada, poniendo fin a la mayor rebelión feudal del Nuevo Mundo mediante la deserción más cómica y pacífica jamás registrada.
"El clérigo Pedro de la Gasca desmanteló la mayor rebelión militar del imperio español sin desenvainar una espada, derrotando a cientos de veteranos armados únicamente con cartas de perdón escritas a mano."