Durante los primeros siglos de la República romana, los funerales de la aristocracia se habían convertido en un circo de histeria colectiva financiada. Las familias contrataban a plañideras profesionales conocidas como praeficae, mujeres cuyo único trabajo era desgarrarse las vestiduras, mesarse los cabellos, gritar de agonía y golpear sus pechos para aparentar un dolor desmedido por el difunto.
El caos escaló tanto que el Senado romano decidió intervenir con mano de hierro a través de Las Leyes de las XII Tablas, promulgadas alrededor del año 450 a.C. La norma prohibía explícitamente que las mujeres se arañasen las mejillas con las uñas para producir sangre ni arrancasen gritos rituales de dolor durante los cortejos fúnebres.
El objetivo de esta extraña prohibición no era frenar la crueldad, sino frenar la ostentación financiera y el dramatismo excesivo que alteraban el orden público y devaluaban la solemnidad de la muerte. Curiosamente, la ley sobrevivió siglos, obligando a los romanos a reinventar por completo cómo despedir a sus muertos en silencio.
"Para burlar la ley de las XII Tablas, los romanos comenzaron a contratar actores que imitaban y se burlaban de los difuntos y de los propios dioses durante las procesiones."