El 12 de julio de 1904, la apacible localidad de Bas-en-Basset, en la región francesa de Haute-Loire, presenció uno de los fenómenos meteorológicos más desconcertantes del siglo XX. Tras una repentina y furiosa tormenta de verano que oscureció el cielo a plena tarde, los habitantes salieron a evaluar los daños y descubrieron que las calles, los tejados y los campos estaban literalmente alfombrados por miles de pequeñas ranas verdes que aún saltaban con total vitalidad.
Lo verdaderamente bizarro del suceso no fue solo la naturaleza de la precipitación, sino su absoluta selectividad física. Los testigos aseguraron que los animales cayeron en una franja muy delimitada del pueblo, acumulándose en capas de varios centímetros sin que hubiera rastro de ellas en los campos circundantes. Los científicos de la época se mancaron las cabezas intentando explicar el evento mediante trombas marinas terrestres, aunque la zona carecía por completo de masas de agua cercanas capaces de albergar semejante biomasa.
El misterio quedó sin una respuesta definitiva en los anales de la meteorología francesa, alimentando el pánico colectivo de una población que vio en la extraña tormenta un presagio apocalíptico. Con los días, las ranas desaparecieron tan misteriosamente como llegaron, dejando tras de sí un expediente polvoriento que la ciencia moderna aún no ha logrado descifrar por completo.
"A principios del siglo XX, los periódicos franceses registraron al menos tres incidentes similares donde cayeron peces y ranas del cielo en días completamente despejados."