En mayo de 1619, el explorador Jens Munk zarpó de Dinamarca bajo órdenes del rey Christian IV con dos navíos y 64 tripulantes para encontrar el Paso del Noroeste. La ruta los empujó al corazón salvaje de la bahía de Hudson, en la actual Canadá, donde un invierno despiadado y prematuro congeló las aguas en cuestión de días. Atrapados en la desembocadura de un río helado, los barcos crujieron bajo bloques de hielo gigantescos, obligando a los hombres a refugiarse en improvisadas cabañas mientras el mercurio caía a temperaturas jamás vistas por europeos.
Para diciembre, el escorbuto y el frío polar desataron una carnicería silenciosa. Con los dientes sueltos y las encías putrefactas, los marineros morían uno tras otro dentro de sus literas; el suelo exterior era granito de puro hielo y los supervivientes, exhaustos y agonizantes, no tenían fuerzas para cavar tumbas, acumulando cadáveres tiesos entre la nieve. Hacia junio de 1620, un olor nauseabundo inundaba la nave mayor: 62 hombres yacían muertos. Jens Munk, esperando el final, escribió su testamento en su cuaderno pidiendo a quien hallara su cuerpo que se apiadara de enterrarlo.
El milagro ocurrió impulsado por la pura desesperación animal. Arrastrándose fuera de la cabaña, Munk descubrió a solo otros dos marineros aún con pulso; los tres sobrevivieron devorando hierbas silvestres que brotaban del deshielo y chupando raspaduras de corteza hasta recuperar el vigor mínimo. En una hazaña de navegación que desafió toda lógica matemática y médica, el trío logró gobernar la fragata pequeña, la *Lamprenen*, cruzando de regreso el Atlántico tormentoso para desembarcar en Bergen meses después.
Hoy, la desembocadura donde ocurrió esta tragedia ártica lleva el nombre del explorador danés: Puerto Churchill, la autoproclamada capital mundial de los osos polares.
"Cuando el rey Christian IV lo vio aparecer demacrado en la corte, se negó a creerle hasta que Munk le entregó el diario manchado de sangre y grasa de oso donde anotó la fecha exacta de muerte de sus 62 subordinados."