En las gélidas navidades de 1914, el ministro de Guerra otomano, Enver Bajá, lanzó una ofensiva monumental para arrebatar el Cáucaso al Imperio Ruso. Su plan rozaba el delirio: hizo marchar a más de 100.000 soldados con uniformes ligeros de verano a través de los escarpados montes Soğanlı, donde el termómetro marcaba más de 30 grados bajo cero y la nieve borraba cualquier rastro del terreno.
El 25 de diciembre, la 32ª División del 10º Cuerpo de Ejército avanzaba a ciegas por la niebla cuando divisó siluetas apostadas en las crestas de Bardiz. Creyendo haber emboscado a la retaguardia zarista, los oficiales ordenaron abrir fuego de inmediato. Durante cuatro infernales horas intercambiaron ráfagas de fusilería, fuego de artillería y brutales cargas de bayoneta entre el aullido del viento helado, decididos a no ceder ni un palmo frente al invasor.
El espanto se desató cuando los oficiales descendieron a registrar las trincheras enemigas: las casi 2.000 bajas que yacían en la nieve vestían su propio uniforme y llevaban el fez otomano. La 32ª División se había desangrado en un duelo a muerte contra la 31ª División de su propio ejército, sin que un solo soldado ruso hubiese disparado una bala en toda la jornada. Aquel caos fratricida aceleró el colapso total de Sarıkamış, donde el frío y el desconcierto liquidaron a casi 60.000 hombres.
"Para ocultar semejante humillación, Enver Bajá censuró totalmente la prensa en Estambul y prohibió hablar de Sarıkamış bajo pena de muerte durante años."