Europa del Este vivía una de sus peores pesadillas agrícolas a finales del siglo XVII. En el verano de 1690, los campos de la región de Moravia (actual República Checa) fueron invadidos repentinamente por millones de orugas voraces que devoraban cosechas enteras en cuestión de horas, amenazando a la población con una hambruna letal. Desesperados ante la impotencia de los métodos tradicionales, las autoridades locales y los aldeanos decidieron que la vía puramente terrenal era insuficiente contra semejante ejército demoníaco.
Lejos de limitarse a quemar los campos, el cabildo eclesiástico y secular de la zona recurrió al derecho canónico medieval y abrió un proceso judicial formal contra los insectos. Se designó un fiscal para acusar a las orugas de destrucción de propiedad y un abogado defensor de oficio para que argumentara en favor de las criaturas. Tras escuchar las 'alegaciones' del silencio de los gusanos, el juez dictó una sentencia insólita: declaró a las orugas culpables de plaga maliciosa y las condenó formalmente a la excomunión y al destierro perpetuo bajo pena de muerte divina.
El dictamen judicial ordenaba a los insectos abandonar los campos cultivados de inmediato y retirarse a terrenos baldíos o bosques apartados, bajo la advertencia de que la maldición eclesiástica caería sobre ellos. Aunque la historia registra que las orugas ignoraron olímpicamente la orden y continuaron su festín hasta agotar el follaje, el juicio quedó registrado en los anales legales como uno de los últimos y más bizarros ejemplos de la histeria colectiva y el derecho aplicado a la fauna en el umbral de la Ilustración.
"Durante los siglos XVI y XVII en Europa, era relativamente común procesar legalmente a animales —como cerdos, ratas y gorgojos—, otorgándoles incluso un defensor público pagado por el Estado."