En el gélido invierno de 1731, la aldea de Medveđa, un puesto remoto en la frontera militar serbia bajo control de los Habsburgo, sucumbió a una histeria colectiva implacable. En menos de seis semanas, decenas de aldeanos cayeron fulminados tras sufrir fiebres inexplicables y declarar que eran visitados por el espectro de Arnold Paole, un miliciano muerto que supuestamente había regresado de la tumba para alimentarse de ellos. El pánico creció con tal fuerza que la guarnición imperial amenazó con desertar en masa si no se detenía la amenaza. Desesperado por el descontrol fronterizo, el mando de Belgrado envió una delegación oficial encabezada por el cirujano militar Johannes Flückinger para resolver el misterio.
Lo que debía ser una investigación para calmar supersticiones campesinas se transformó en una perturbadora autopsia militar. El 7 de enero de 1732, Flückinger y su equipo desenterraron los cuerpos señalados y quedaron perplejos: varios cadáveres, sepultados semanas atrás, no mostraban putrefacción, conservaban piel flexible y destilaban sangre fresca por la boca. Carentes de conocimientos sobre los procesos de conservación natural en suelos helados, los doctores concluyeron que estaban ante no-muertos. Siguiendo el protocolo dictado por la histeria local, los cirujanos decapitaron los cuerpos intactos y clavaron estacas en sus corazones antes de incinerarlos y arrojar sus cenizas al río Morava.
El informe oficial, titulado Visum et Repertum, llegó a Viena y se filtró a toda la prensa europea, desencadenando una oleada de debates entre los intelectuales de la Ilustración. Indignada de que sus propios médicos avalaran semejante locura, la emperatriz María Teresa prohibió por decreto imperial las profanaciones de tumbas y envió a su médico de cabecera para desmontar científicamente aquella psicosis. Aunque las muertes probablemente fueron provocadas por ántrax o desnutrición extrema, el expediente de Medveđa formalizó por primera vez la histeria del vampirismo en los registros de la ciencia moderna.
"El caso causó tal revuelo en Europa que el propio Voltaire le dedicó un ensayo burlón, asombrado de que los tribunales austríacos juzgaran legalmente a cadáveres por el delito de vampirismo."