Corre el año 1633 y el Imperio Otomano vive bajo el terror de Murad IV, un monarca implacable convencido de que las cafeterías eran nidos de sedición y pensamiento crítico. Tras un devastador incendio que arrasó Estambul, el sultán emitió un edicto insólito: prohibió bajo pena de muerte el consumo, venta y posesión de café, tabaco y opio. Beber una simple taza se convirtió en un delito peor que el homicidio, castigado con la decapitación inmediata en plena vía pública.
Para hacer cumplir esta absurda ley, el propio Murad IV adoptaba disfraces de mendigo o marinero para recorrer los callejones oscuros de la capital. Si olía humo sospechoso o encontraba una tetera caliente en una casa, el verdugo real ejecutaba al infractor sin juicio previo. Los cadáveres eran abandonados en las plazas como advertencia, acumulándose por docenas mientras el imperio entero caminaba en absoluto silencio, aterrorizado por el aroma de los granos tostados.
La paranoia estatal colapsó cuando la población, desesperada por su adicción y harta de la carnicería, comenzó a ocultar el grano en dobles fondos y a consumir clandestinamente en sótanos sellados. Al darse cuenta de que ni la decapitación masiva lograba extirpar la costumbre, y ante las enormes pérdidas fiscales, los sucesores de Murad terminaron por revocar la prohibición y gravar el café, convirtiéndolo en la gallina de los huevos de oro de la economía otomana.
"Para eludir a los espías del sultán, los ciudadanos otomanos inventaron el 'café turco' ultra espeso, diseñado para consumirse en cuestión de segundos y ocultar toda evidencia ante una redada sorpresa."