En el verano de 1275, durante un torneo festivo en la villa de Ciney, un campesino llamado Engoran de Jallet aprovechó el tumulto para robar una vaca y llevársela a su comarca, bajo jurisdicción del marqués de Namur. El dueño legítimo rastreó el animal y exigió justicia ante Jean de Halloy, bailío de Condroz y leal al principado de Lieja. Ansioso por evitar roces fronterizos, el oficial le ofreció al ladrón el perdón absoluto con una condición elemental: debía devolver la res intacta en el límite de ambos feudos. Pero en cuanto el campesino cruzó la frontera tirando de la cuerda del bovino, los guardias rompieron el pacto y lo ahorcaron en el acto.
Aquel ajusticiamiento sumario enfureció a los parientes nobles del ahorcado, quienes consideraron la emboscada como un insulto mortal a su soberanía. La respuesta armada no se hizo esperar: los señores de Namur arrasaron las propiedades de Halloy, arrastrando a la disputa a las mayores potencias de la región, incluyendo al obispado de Lieja, el ducado de Brabante y el conde de Luxemburgo. En cuestión de meses, lo que debió ser un pleito rural por un animal de granja se transformó en una campaña sistemática de aniquilación, donde escuadrones de caballeros incendiaron más de sesenta aldeas enteras y masacraron a comunidades campesinas que ni sabían el origen del conflicto.
El delirio bélico, inmortalizado por los cronistas como la Guerre de la Vache, escaló a tal nivel que el propio rey Felipe III de Francia tuvo que intervenir como árbitro en 1278 para forzar la firma de la paz. El balance final del tratado fue grotesco: la frontera feudal no cambió un solo centímetro, pero la venganza por aquella res arrebató la vida a más de 15.000 personas, consagrándose como uno de los desastres militares más letales, ridículos e indignantes de la Europa medieval.
"La guerra fue tan destructiva que comarcas enteras del valle del río Mosa tardaron casi un siglo en recuperar sus niveles de población agrícola previos al robo del animal."