En la primavera de 1696, en plena preparación de la campaña contra el Imperio Otomano, el zar Pedro el Grande apostó miles de soldados en la ribera del río Don, cerca de Vorónezh. Mientras cavaban zanjas defensivas en el pequeño asentamiento de Kostyonki, los zapadores chocaron sus picos contra colmillos curvados y fémures que duplicaban la altura de un hombre. El pánico paralizó de inmediato las obras: los campesinos y reclutas locales arrojaron sus herramientas, convencidos de haber perturbado la fosa común de los gigantes antediluvianos malditos por la Biblia.
Lejos de temer a las supersticiones de sus tropas, el joven zar ordenó desenterrar los restos con sumo cuidado, protagonizando la primera excavación arqueológica oficial en la historia de Rusia. Tras examinar personalmente los cráneos titánicos y los colmillos curvados, Pedro I formuló una hipótesis tajante y grandilocuente: el ejército había descubierto las bajas secretas de Alejandro Magno, cuyos elefantes de guerra se habrían extraviado y congelado durante una supuesta incursión militar por las estepas escitas.
El monarca ordenó que las piezas óseas se embalaran en cofres imperiales y se enviaran de urgencia a Moscú para su estudio y preservación. Sin embargo, la explicación científica tardaría más de un siglo en desmentir el mito macedonio: los soldados no habían dado con paquidermos de conquista, sino con un cementerio de mamuts lanudos de más de treinta mil años. Sin saberlo, las tropas del zar habían tropezado con Kostyonki, uno de los yacimientos del Paleolítico superior más densos y cruciales de todo el planeta.
Las misteriosas 'tumbas de elefantes' descubiertas en 1696 escondían además estatuillas paleolíticas de marfil talladas hace 25.000 años, enterradas justo debajo de donde los soldados zaristas montaron sus cañones.
"La aldea se llamaba Kostyonki (del ruso 'kost', hueso) porque los campesinos llevaban siglos usando fémures de mamut petrificados como vigas para construir los cimientos de sus cabañas."