En el crudo invierno de 1092, un terror inexplicable paralizó el Principado de Polotsk, en la antigua Rus de Kiev. Todo comenzó cuando los habitantes empezaron a despertar en plena noche por un estruendo metálico ensordecedor: el sonido inconfundible de una horda de jinetes cabalgando al galope. Sin embargo, cuando los centinelas escudriñaban desde las torres, las calles estaban desiertas. Nadie proyectaba sombra, pero en la nieve fresca quedaban grabadas con nitidez las huellas de herraduras de caballos que nadie podía ver.
El fenómeno mutó en una histeria colectiva letal cuando comenzaron a aparecer los primeros cadáveres. El texto medieval registra que cualquier ciudadano que cometiera la imprudencia de asomar la cabeza por una ventana para observar la marcha espectral caía fulminado por una herida invisible, muriendo en cuestión de horas con manchas negruzcas en el pecho. El pánico se apoderó de tal forma de Polotsk y de la vecina Kiev que el comercio colapsó por completo, nadie se atrevía a encender una vela tras la puesta de sol y familias enteras murieron de inanición encerradas tras pesadas barricadas.
La historiografía médica moderna desentrañó el misterio siglos después: la población sufrió una letal combinación de ergotismo masivo y peste pulmonar. El consumo de harina de centeno contaminada por el hongo cornezuelo desató alucinaciones acústicas colectivas, paranoia extrema y convulsiones, mientras una epidemia real liquidaba a los que salían de sus casas. Antes de que el deshielo de la primavera calmara los ánimos, más de 7.000 personas habían muerto en lo que quedó documentado como el asedio de los demonios invisibles.
"El pánico fue tan descomunal que los sacerdotes clavaron herraduras al revés en las puertas de las iglesias creyendo que eso desorientaría el trote de los corceles fantasma."