A mediados del siglo XVIII, la ciudad otomana de Alepo quedó a oscuras en pleno mediodía bajo una aterradora masa de langostas que devoraba cada brote verde en cuestión de minutos. Los campesinos y comerciantes entraron en una histeria colectiva implacable que amenazaba con sumir a la provincia en una hambruna total. Sin embargo, en lugar de cavar zanjas o quemar los campos, las autoridades del bajá recurrieron a un decreto insólito arraigado en la superstición local: comisionar una expedición a caballo hacia una remota fuente en las montañas persas para traer el 'agua de los estorninos'.
La creencia popular dictaba que este líquido poseía una atracción magnética irresistible para el *smarmer* (el estornino rosado), un ave que descuartizaba langostas por puro instinto sin siquiera alimentarse de ellas. Los emisarios debían transportar el agua en vasijas de barro colgadas del cuello de corceles a galope tendido y con una regla inquebrantable: si los cántaros tocaban el suelo antes de llegar a la ciudad, el encanto se rompía y las aves jamás aparecerían. Al divisar a los jinetes en el horizonte, miles de ciudadanos histéricos subieron a las azoteas y minaretes gritando plegarias, convencidos de que una masa alada flotaba oculta siguiéndolos.
El médico escocés Alexander Russell presenció atónito cómo el gobernador colgó ceremoniosamente los frascos en las torres más altas de la mezquita para 'invocar' a las criaturas. Días después, un inmenso enjambre de estorninos cayó sobre Alepo exterminando a la plaga; para el pueblo fue un milagro indiscutible del agua mágica, aunque Russell documentó con frialdad científica que las aves simplemente migraban todos los años hacia los mismos valles guiadas por su ciclo biológico natural.
"Los estorninos rosados no se comían a la mayoría de las langostas: las decapitaban frenéticamente a una velocidad de cientos por hora solo por un reflejo compulsivo de caza."