La noche del 4 de noviembre de 1847, en el número 52 de Queen Street en Edimburgo, el obstetra **James Young Simpson** buscaba desesperadamente una sustancia que apagara el dolor de los partos sin los vómitos causados por el éter. Tras una copiosa cena con sus asistentes, los médicos George Keith y James Matthews Duncan, Simpson recordó un frasco que un químico de Liverpool le había enviado semanas antes y que yacía arrumbado bajo una pila de correspondencia. El frasco contenía cloroformo, un líquido pesado y de olor dulce. Movidos por la curiosidad científica, los tres médicos vertieron el misterioso compuesto en vasos de cristal y los calentaron sobre agua para aspirar sus densos vapores.
Lo que comenzó como una prueba informal se convirtió en un delirio grotesco. En cuestión de segundos, los tres respetables caballeros comenzaron a soltar carcajadas incontrolables, a vociferar incoherencias y a cantar a voz en cuello ante la atónita familia de Simpson. Pero el éxtasis duró apenas un suspiro: de pronto, con un estruendo seco, los tres doctores cayeron fulminados e inconscientes bajo la mesa del comedor, tirando platos y quebrando cristales. La cuñada de Simpson entró corriendo al salón, inhaló el vaso para saber qué pasaba y cayó desvanecida sobre un sillón, mientras la esposa del cirujano gritaba convencida de que todos habían muerto envenenados.
Simpson despertó minutos después sobre la alfombra, mirando el techo con el pulso acelerado pero con la mente en calma. A su lado, Duncan roncaba pesadamente debajo de una silla y Keith pataleaba en el suelo intentando incorporarse. Lejos de entrar en pánico, el médico comprendió al instante que aquel peligroso desmayo colectivo era el mayor hallazgo quirúrgico del siglo: acababa de descubrir la anestesia por cloroformo. Apenas seis días después, Simpson presentó su experimento ante la Sociedad Médico-Quirúrgica de Edimburgo y comenzó a utilizarlo en cirugías y partos, derribando el mito de que el sufrimiento físico en el quirófano era un mandato biológico inevitable.
"La Iglesia condenó el cloroformo por contradecir el dolor del parto bíblico, hasta que en 1853 la mismísima reina Victoria exigió inhalarlo para dar a luz a su octavo hijo."