El 26 de abril de 1952, en plena psicosis de espionaje de la Guerra Fría, un cortador de turba llamado Tage Busk hundió su pala en el pantano de Nebelgård, en Jutlandia, y desenterró una pesadilla: una cabeza humana con cabello rojizo y piel curtida emergía del fango. La policía local acordonó el terreno de inmediato ante un cadáver degollado de oreja a oreja, convencida de que se trataba de un brutal homicidio reciente ocultado bajo el cieno danés.
Los rumores vecinales señalaron rápidamente a Christian Jørgensen, apodado «Christian el Rojo», un obrero comunista del pueblo que se había evaporado sin dejar rastro durante la ocupación. Mientras los agentes preparaban el depósito forense para una autopsia criminal estándar, el arqueólogo Peter Glob, del Museo de Aarhus, intervino en la comisaría tras ver las fotografías: el rostro no pertenecía a un militante desaparecido, sino a un cuerpo momificado por los ácidos del musgo sphagnum que preservaban la ropa, las huellas dactilares y hasta el contenido del estómago.
El análisis científico confirmó el asombro del equipo forense: el «Hombre de Grauballe» no había sido liquidado por ajustes de cuentas contemporáneos, sino degollado en un sacrificio ritual alrededor del siglo III a.C. La policía cerró un caso de homicidio de dos milenios de antigüedad, entregando a la ciencia médica uno de los cuerpos mejor preservados de la Edad del Hierro jamás rescatados de las entrañas de Europa Occidental.
"El estado de preservación era tan demencial que la policía logró tomar huellas dactilares nítidas de un hombre ejecutado trescientos años antes del nacimiento de Cristo."