Europa Occidental vivía la resaca del imperio en 1812 cuando París asistió a uno de los golpes más desconcertantes de la historia criminal. El Palacio de las Tullerías, un fortín custodiado por la guardia imperial, amaneció con una brecha inaudita: alguien había burlado las cerraduras y se había llevado la corona, los sables incrustados de diamantes y la legendaria tiara de diamantes del mismísimo emperador Napoleón Bonaparte, valorada en una fortuna incalculable.
El cerebro detrás del asalto no fue un espía internacional ni un traicionero cortesano, sino un estafador parisino llamado Mathieu de la Jupille, quien estudió durante meses las rutinas de los guardias aprovechando el caos administrativo de la guerra. Lo más alucinante del expediente policial es que, para ganar tiempo antes de que notaran el faltante, el ladrón reemplazó las joyas originales por réplicas de cristal tallado tan perfectas que el mismísimo joyero imperial tardó días en descubrir el cambiazo.
El desenlace fue tan cinematográfico como veloz: la policía secreta francesa, liderada por el célebre exconvicto Eugène François Vidocq, rastreó el mercado negro europeo hasta dar con el escondite de Jupille en un suburbio de París. Aunque el astuto criminal intentó fundir parte del oro y vender los diamantes sueltos a contrabandistas holandeses, la mayor parte del tesoro imperial fue recuperada intacta antes de cruzar la frontera.
"El ladrón Mathieu de la Jupille era tan meticuloso que fabricó las réplicas de cristal utilizando los mismos hornos y técnicas secretas que la monarquía usaba para la vajilla real."