Durante siglos, el Imperio Chino mantuvo el monopolio absoluto de la seda bajo pena de muerte para cualquiera que intentara contrabandear los capullos o los huevos del gusano *Bombyx mori* fuera de sus fronteras. La demanda en el Imperio Bizantino era tan feroz que el emperador Justiniano I estaba desesperado por romper este lucrativo bloqueo comercial oriental. Fue entonces cuando dos monjes cristianos nestorianos, financiados en secreto por Constantinopla, emprendieron un peligroso viaje de regreso a China con una misión de espionaje industrial sin precedentes en la Antigüedad Clásica.
Tras pasar años infiltrados en territorio chino estudiando minuciosamente el ciclo de reproducción de los insectos y el proceso de cultivo de las moreras, los monjes idearon un plan de fuga al límite. Ahuecaron por completo sus largos bastones de bambú que utilizaban como apoyo para caminar, introduciendo en su interior miles de huevos vivos y diminutos de gusanos de seda junto con material vegetal para mantenerlos con vida durante la marcha.
El arriesgado contrabando funcionó a la perfección y burlaron todos los controles fronterizos orientales al caminar de regreso a Europa con sus bastones repletos de contrabando biológico. Al entregar su botín a Justiniano, estos huevos se convirtieron en el origen absoluto de la próspera industria serícola en el Mediterráneo, rompiendo para siempre el monopolio asiático y cambiando la economía de Occidente.
"Todo el imperio bizantino se construyó sobre una industria nacida gracias a unos cuantos huevos transportados clandestinamente dentro de dos bastones de madera."