El año 1237 comenzó con una sequía asfixiante en los territorios de la actual Europa del Este, presagio de una catástrofe que la ciencia medieval no supo descifrar. De repente, millones de orugas peludas emergieron de la tierra, cubriendo los campos, los caminos y las aldeas con una alfombra viviente que devoraba cada brizna de hierba a su paso. La población local, sumida en el misticismo feudal, vio en este fenómeno natural una clara señal del apocalipsis y de la ira divina.
El verdadero horror comenzó cuando los habitantes intentaron limpiar los cultivos infestados sin protección alguna. Al entrar en contacto con los densos pelos urticantes de las orugas, sufrieron reacciones alérgicas severas, hinchazones grotescas y fiebres delirantes que alteraron por completo su sistema nervioso. Atrapados en una pesadilla colectiva, los afectados empezaron a convulsionar en las plazas públicas, gimiendo de dolor y ejecutando movimientos frenéticos e involuntarios que aterrorizaron aún más a los testigos.
Los cronistas de la época registraron este brote como una forma temprana de histeria masiva combinada con un envenenamiento biológico masivo, donde el pánico superó al propio daño físico. Mientras el invierno finalmente mató a los insectos, las cicatrices psicológicas en las comunidades afectadas duraron generaciones enteras. Nadie olvidó jamás cómo aquellos pequeños animales consiguieron doblegar por completo el juicio de pueblos enteros.
"El contacto con los pelos de la oruga procesionaria del roble libera toxinas que pueden inducir convulsiones reales y reacciones similares a la histeria temporal."