Europa del Este vivía la alta tensión previa a la primera partición de Polonia en el invierno de 1771. En medio de esta guerra de sombras, el servicio secreto de la zarina Catalina la Grande ideó una misión de espionaje tan audaz como sucia: infiltrar a su mejor agente en la guarnición prusiana de Breslavia para sustraer los restos mortales del general Von der Marwitz, un brillante estratega enemigo cuyos mapas tácticos y planes secretos de defensa debían yacer enterrados con él en su cripta militar.
Bajo el amparo de una tormenta de nieve, el agente ruso sobornó al sepulturero local, violentó el pesado mausoleo y cargó a hombros con el féretro de roble macizo cruzando la frontera de contrabando hacia territorio ruso. La operación había sido un éxito táctico perfecto, pero la verdadera pesadilla comenzó cuando el gabinete de inteligencia convocó a la mismísima zarina para presenciar la solemne apertura del ataúd y confiscar los codiciados documentos secretos.
Al retirar la tapa del sarcófago ante una sala expectante, la comitiva imperial no encontró mapas ni secretos militares, sino un atroz y burdo muñeco de paja vestido con uniforme prusiano. El general Von der Marwitz jamás había estado allí; los prusianos habían olfateado el plan de espionaje semanas antes, dejando un señuelo macabro que ridiculizó a los servicios secretos rusos y estuvo a punto de encender la chispa de una guerra abierta en Europa.
"Para ocultar la humillación, Catalina la Grande ordenó ejecutar discretamente al espía por incompetencia, mientras el verdadero general Von der Marwitz vivía retirado bajo identidad falsa en Suiza."