Corría el año 1595 y el legendario corsario inglés Sir Francis Drake preparaba su golpe maestro en el virreinato del Perú: capturar el tren de mulas que transportaba toneladas de oro y plata desde Panamá hasta Nombre de Dios. Para lograrlo, infiltró espías y planeó cruzar la selva centroamericana con precisión militar. Sin embargo, la red de espionaje colapsó de la forma más patética antes de pisar tierra firme.
Los agentes dobles españoles descubrieron las comunicaciones secretas de los ingleses gracias a un desertor borracho en una taberna portuaria. Cuando la flota de Drake finalmente desembarcó, los españoles no solo habían evacuado todo el tesoro, sino que habían sembrado la ruta de trampas y fortificaciones improvisadas. El factor sorpresa se esfumó, convirtiendo una operación quirúrgica en una sangrienta y desesperada ratonera.
El fracaso fue tan absoluto que quebró la salud física y mental del corsario. Drake contrajo disentería tropical en medio de los pantanos panameños y murió delirando a bordo de su barco en enero de 1596, siendo sepultado en una caja de plomo frente a las costas de Portobelo sin haber robado ni una sola onza de plata.
"El ataúd de plomo con el cuerpo de Francis Drake sigue perdido en el fondo del mar Caribe, y múltiples expediciones modernas aún intentan encontrarlo sin éxito."