En 1883, los habitantes de Phoenix y los directores de las grandes empresas mineras recibieron una notificación judicial aterradora: un oscuro exsoldado confederado llamado James Addison Reavis era el dueño legal de casi cinco millones de hectáreas de Arizona. Reavis presentó meticulosos pergaminos coloniales supuestamente firmados en 1748 por el rey Fernando VI de España, otorgándole a un supuesto noble la inmensa concesión de Peralta. Para blindar su farsa, Reavis se casó con una humilde joven mestiza a quien convenció de ser la última heredera legítima del feudo. Durante más de una década, extorsionó a gigantes ferroviarios como la Southern Pacific y a ciudades enteras, recaudando fortunas de quienes preferían pagar antes que perderlo todo.
El estafador vivía como un monarca entre mansiones en Washington y palacios en Europa, haciéndose llamar el 'Barón de Arizona'. Su osadía no tenía límites: Reavis había viajado en secreto a los archivos coloniales de Guadalajara, Ciudad de México y al mismísimo Archivo General de Indias en Sevilla para intercalar hojas falsificadas dentro de tomos notariales del siglo XVIII. La trampa parecía blindada porque los peritos encontraban los registros en las instituciones más respetadas del planeta. Sin embargo, el gobierno estadounidense contrató al investigador Will M. Tipton, quien analizó las actas con lentes de aumento y descubrió una marca de agua de un molino papelero de Wisconsin fundado en 1870.
Los peritos también comprobaron que los textos del siglo XVIII habían sido trazados con plumillas de acero industriales y tintas químicas modernas que apenas tenían unos meses de secado. En junio de 1895, el Tribunal de Reclamaciones de Tierras Privadas sentenció el caso como la falsificación más colosal de la historia estadounidense y envió a Reavis a presidio. Despojado de su fortuna y abandonado por su esposa, el brillante estafador terminó sus días en la extrema miseria, hurgando en periódicos viejos en la biblioteca municipal de Denver hasta su muerte en 1914.
"Antes de ser descubierto, Reavis logró que magnates e instituciones le pagaran más de 300.000 dólares de la época (decenas de millones actuales) solo para evitar juicios de desalojo sobre sus propias casas."