Corría el año 1560 en Lima, virreinato del Perú, cuando un pícaro español llamado Luis de Valdelomar se presentó ante el virrey con una oferta irresistible: juró bajo juramento sagrado conocer la ubicación exacta de una cámara secreta en las montañas de los Andes repleta con el oro virgen que restaba del rescate de Atahualpa. Valdelomar exigió un indulto total por crímenes pasados y una escolta de soldados reales armados hasta los dientes para 'guiar' la expedición de rescate imperial, prometiendo una fortuna que sacaría de deudas a la mismísima Corona española.
La expedición partió rumbo a las profundidades de la cordillera bajo un fuerte hermetismo y una tensión asfixiante, pero a las pocas semanas de marcha, la supuesta ruta del oro comenzó a dar giros insólitos. Valdelomar guiaba al ejército en círculos laberínticos a través de desfiladeros imposibles, ganando tiempo de manera sospechosa mientras fingía consultar 'mapas de cuero incaicos' que él mismo dibujaba por las noches con carbón. Su verdadero objetivo no era hallar ningún tesoro legendario, sino ejecutar una coartada perfecta de espionaje y distracción para permitir que una red de contrabandistas locales cruzara la frontera con lingotes robados de las reales cajas de Potosí.
El engaño se derrumbó cuando un desertor nativo reveló la farsa al capitán de la escolta, descubriendo que Valdelomar ya tenía alquilados caballos veloces al otro lado del valle para desertar hacia el Amazonas y escapar de la justicia. Aunque el astuto timador fue capturado de inmediato antes de tocar territorio libre, su audaz fuga casi milagrosa se convirtió en la comidilla de los tribunales coloniales de Lima, demostrando cómo la codicia imperial podía ser fácilmente manipulada por un estafador con buen verbo.
"Para evitar el escarnio público tras el juicio, el virrey ordenó clasificar el expediente como secreto de estado durante más de cuarenta años para ocultar la humillación de la Corona."