Corría el otoño de 1888 en la tensa frontera entre Rumanía y el Reino de Serbia. La atmósfera política era una bomba de tiempo y las guarniciones fronterizas vivían en máxima alerta por posibles incursiones enemigas. Una noche tormentosa, la puesto de guardia rumana escuchó ruidos ensordecedores que sacudían los matorrales cercanos: gruñidos guturales, pisadas pesadas y una marcha arrolladora que se acercaba directamente hacia sus trincheras cavadas a las afueras de la ciudad deDrobeta-Turnu Severin.
Convencidos de que se trataba de un ataque sorpresa de comandos serbios bajo la cobertura de la oscuridad, el comandante al mando dio la orden de fuego a discreción. Durante más de una hora, la artillería ligera y los rifles de infantería rugieron con furia, destrozando la maleza y desparramando fuego graneado en una batalla campal de alta tensión militar. Los soldados disparaban a ciegas contra sombras invisibles, gritando órdenes y defendiendo cada centímetro de su posición con una valentía digna de las páginas más épicas de la historia europea.
Cuando el humo finalmente se disipó con los primeros rayos del alba y los oficiales avanzaron con bayoneta calada para inspeccionar los cuerpos del enemigo abatido, la realidad superó cualquier farsa: no había soldados heridos ni prisioneros de guerra, sino cientos de cerdos domésticos que habían escapado de una granja local cercana y vagaban desorientados. El comando militar tuvo que redactar un informe oficial tan humillante como real, detallando cómo el ejército había gastado miles de cartuchos en masacrar una piara porcina.
"Para evitar el escarnio público internacional, el gobierno rumano intentó clasificar el incidente como un ejercicio secreto de tiro al blanco."