En la primavera del año 137 d.C., el oasis de Palmira, en el actual desierto de Siria, estuvo al borde de la guerra civil. Los publicanos romanos y los clanes mercaderes locales imponían peajes caóticos a los viajeros que cruzaban la Ruta de la Seda, cobrando cifras arbitrarias con el filo de la espada. Harto de la anarquía y los linchamientos en las aduanas, el senado de la metrópoli decretó una solución extrema: tallar un colosal código tributario de cuatro metros de largo en piedra caliza para fijar, de forma implacable y pública, el costo exacto de cualquier existencia dentro de la ciudad.
El resultado, redactado a la par en griego y arameo palmireno, contenía cláusulas tributarias tan delirantes como meticulosas. La ley gravaba a los camelleros por vender sacos de estiércol y cobrar por cada trago de agua que sus animales bebían en los manantiales de la urbe. Más perturbador aún: reguló minuciosamente el comercio sexual, exigiendo a cada prostituta pagar un denario exacto por cada cliente atendido si cobraba más de esa tarifa, además de establecer un impuesto draconiano sobre los cadáveres importados, buscando penalizar a las familias que intentaban enterrar clandestinamente a sus parientes fallecidos en el desierto.
Esta gigantesca losa monolítica transformó de la noche a la mañana la economía de Oriente Próximo, convirtiendo a Palmira en una maquinaria recaudadora voraz y absurdamente rica. Ningún viajero, mercancía o fluido corporal entraba ni salía del oasis sin dejar monedas en el tesoro municipal. El monolito sobrevivió intacto al colapso de Roma y al paso del Islam hasta que en 1881 el príncipe ruso Abamelek-Lazarev lo desenterró de las ruinas, revelando al mundo cómo un imperio desértico prosperó calculando el valor fiscal de la orina, el barro y la muerte.
"La ley era tan implacable que gravaba incluso a los soldados romanos si vestían túnicas de lana importada mientras patrullaban el oasis."