En el otoño de 1709, en el humilde poblado de Resina, a los pies del Vesubio, un campesino apodado Ambrogio Enzechetta solo buscaba agua fresca para regar sus hortalizas. Tras semanas golpeando la densa toba volcánica con su pico, la roca cedió de golpe hacia un abismo negro. Al descolgar una soga con un farol, la luz no rebotó en agua, sino sobre enormes losas de mármol amarillo y fragmentos de columnas pulidas que llevaban dieciséis siglos sepultadas en la oscuridad absoluta.
Sin comprender la magnitud del sitio, el agricultor comenzó a vender clandestinamente aquellos bloques a constructores locales. El rumor llegó a oídos del príncipe francés Emmanuel Maurice de Lorena, duque de Elbeuf, quien compró la propiedad de inmediato para iniciar un saqueo frenético: bajó cuadrillas de mineros por el estrecho conducto de agua y, a pico y pala en galerías asfixiantes, izó con cuerdas estatuas intactas de ninfas y togados romanos. Lo que habían perforado accidentalmente era nada menos que la cima del suntuoso teatro de Herculano, tragado por el flujo piroclástico del año 79 d.C.
El expolio descontrolado terminó convirtiéndose en el acta de nacimiento de la arqueología moderna. Cuando el futuro rey Carlos III de España tomó el control del Reino de Nápoles décadas más tarde, confiscó el pozo, detuvo el desguace privado y transformó esa grieta doméstica en la excavación oficial que rescataría a Pompeya y Herculano del olvido del mundo occidental.
"Para extraer las gigantescas estatuas romanas a través del pozo original de apenas un metro de ancho, los mineros del duque mutilaban las extremidades de mármol y las reconstruían torpemente una vez en la superficie."