Año 1530. El aventurero andaluz Luis de Granada se presentó ante la corte del emperador Carlos V asegurando haber descubierto un fabuloso reino cristiano escondido en las profundidades del Magreb, aislado por los imperios islámicos. Para avalar su increíble relato, presentó cartas selladas, supuestos mapas cartografiados con precisión milimétrica y relatos heroicos de monarcas africanos que clamaban por la protección de la Corona española y el envío urgente de fondos económicos.
Movido por la ambición geopolítica y la fe católica, el emperador cayó rotundamente en la trampa y autorizó el desembolso de enormes sumas de dinero, además de valiosas remesas de armas y suministros destinados a la supuesta cruzada africana. Sin embargo, todo era una elaborada farsa financiera: Luis de Granada había fabricado los sellos reales en una buhardilla de Sevilla, había pagado a falsos emisarios para que actuaran como embajadores africanos y se gastaba el oro imperial en banquetes y propiedades.
El elaborado fraude se derrumbó cuando las tropas españolas intentaron establecer contacto real en el norte de África y descubrieron que las coordenadas del reino solo conducían a dunas estériles y tribus nómadas desconcertadas. Aunque el estafador intentó huir hacia Portugal, fue capturado, juzgado por alta traición y ejecutado en la horca, dejando para la posteridad uno de los timos geográficos más audaces de la historia colonial española.
"Para mantener la ilusión durante meses, Luis de Granada contrató a mercenarios europeos para que se disfrazaran de 'obispos africanos' y hablaran en latín macarrónico en la corte."