En octubre de 1958, en la Clínica Shaio de Bogotá, el sacerdote Gerardo Flórez agonizaba por un bloqueo cardíaco terminal; sus pulsaciones caían en picada y la extremaunción ya había sido administrada. Desesperado, el cirujano Alberto Vejarano recurrió a una audacia insólita: llamó a Jorge Reynolds Pombo, un ingeniero electrónico que no sabía nada de medicina y pasaba sus días trabajando en radares acústicos para la Armada colombiana. Sin instrumental quirúrgico adecuado ni tiempo para debates teóricos, le encargaron la misión demencial de construir en cuestión de horas un dispositivo capaz de obligar al corazón moribundo a contraerse.
Reynolds se encerró en un taller bogotano y armó un circuito rústico utilizando tubos de vacío de radio, interruptores caseros y una pesada batería de plomo y ácido de 12 voltios. El armatoste pesaba unos 45 kilogramos y despedía un zumbido eléctrico amenazante. Directamente en el quirófano, los cirujanos abrieron el pecho del clérigo e insertaron dos cables de cobre directo en el miocardio. Al accionar el interruptor de la batería automotriz, una descarga rítmica sacudió el tórax del paciente; contra toda lógica médica de la época, el pulso se clavó en 76 latidos por minuto.
El improvisado experimento salvó al cura, pero inauguró una escena surrealista que parecía de ciencia ficción gótica: el clérigo vivió durante años como un cíborg ambulante, empujando una pequeña carretilla de madera donde transportaba la batería de coche unida a sus entrañas por un cable expuesto. Mientras oficiaba misa, los feligreses escuchaban con desconcierto el chasquido rítmico de los relés que salía de su pecho. El padre Flórez sobrevivió 18 años gracias a este acumulador de vehículo, convirtiéndose sin planearlo en el portador del primer marcapasos artificial exitoso del continente.
"Para evitar que los vapores ácidos de la batería disolvieran los cables dentro del cura, el ingeniero tuvo que sellar los componentes usando resina sintética para reparar botes de carreras."