En febrero de 1440, el Reino de Hungría enfrentaba una crisis de sucesión desesperada tras la muerte repentina del rey Alberto II. La reina viuda Isabel de Luxemburgo estaba embarazada, pero la nobleza planeaba coronar al rey de Polonia. Para asegurar el trono a su futuro hijo, Isabel concibió una misión suicida: robar la venerada Santa Corona de San Esteban, sin la cual ninguna coronación era legal. La tarea no fue encomendada a un curtido soldado, sino a su dama de compañía de confianza, Helene Kottanner, quien dejó testimonio directo de toda la conspiración en sus memorias manuscritas.
La reliquia descansaba en la torre blindada del castillo de Visegrád, resguardada tras múltiples puertas acorazadas y vigilada de noche por guardias reales instalados a escasos metros. En la oscura noche del 20 de febrero, Helene y un cómplice húngaro se deslizaron en la cámara sellada mientras los centinelas dormían pesadamente. Con limas y ganzúas ocultas en sus ropas, rompieron lentamente los cerrojos de hierro del arca dorada, ahogando los chasquidos metálicos cada vez que los soldados tosían o se movían en el pasillo continuo.
Tras forzar el cofre, cosieron la legendaria corona dentro de un almohadón de plumas para transportarla sin despertar sospechas. La fuga culminó en una dramática travesía cruzando el río Danubio congelado; el hielo quebradizo cedió bajo el trineo de la comitiva, pero lograron alcanzar la otra orilla sanos y salvos. Tres meses después, gracias a este robo maestro, el recién nacido Ladislao el Póstumo fue coronado formalmente rey de Hungría con tan solo doce semanas de vida.
"La famosa cruz torcida que corona hoy la reliquia nacional húngara todavía conserva el daño de aquel apresurado saqueo de 1440."