En la Antigüedad Clásica, las regiones áridas del norte de África fueron escenario de eventos naturales tan aterradores que hoy parecen sacados de una pesadilla. Según documentó el erudito romano Plinio el Viejo, la provincia de Cirene —en la actual Libia— sufrió una devastadora y letal plaga de hormigas gigantes que emergieron de las profundidades del desierto con un solo objetivo: devorar todo rastro de vida orgánica a su paso.
Estas criaturas no eran insectos comunes; los cronistas de la época detallaron que poseían un tamaño descomunal, comparable al de pequeños perros, y una voracidad tan extrema que arrasaron con cosechas enteras, ganado y humanos desprevenidos. La situación de histeria colectiva fue de tal magnitud que el rey Micipsa y las autoridades locales se vieron obligados a ordenar una evacuación masiva, incapaces de frenar el avance de millones de mandíbulas hambrientas.
El éxodo forzado solo se detuvo gracias a un caprichoso giro meteorológico documentado por los historiadores: una inusual e intensa tormenta de arena y fuertes lluvias ahogó a la horda en sus propios nidos subterráneos, salvando a la región de la extinción total pero dejando tras de sí un paisaje completamente arrasado y desolado.
"Plinio el Viejo advirtió en sus escritos que los restos de los caparazones de estas hormigas gigantes fueron conservados durante siglos en el templo de Hércules en Tiro como prueba de su existencia."