Año 1003 de nuestra era. El explorador vikingo Þorfinnr Karlsefni penetró con sus barcos y decenas de colonos en el golfo de San Lorenzo, en el actual territorio de Canadá, buscando establecer un asentamiento permanente llamado Vinland. Lo que debía ser una gloriosa conquista colonial se transformó rápidamente en una comedia de errores y pánico psicológico cuando los escandinavos se cruzaron con la fauna local.
Un día, mientras exploraban la maleza, los colonos se toparon de golpe con una gigantesca parvada de aves silvestres autóctonas —pavos salvajes americanos de gran tamaño— que empezaron a emitir estridentes y estrangulados graznidos mientras desplegaban sus plumajes y abanicaban sus colas con furia. Los vikingos, acostumbrados a bestias feroces pero jamás a semejantes monstruos de plumas, creyeron que se trataba de demonios cambiantes enviados por los nativos o divinidades enfurecidas.
El pánico cundió de inmediato entre los aguerridos guerreros del norte; arrojaron sus armas al suelo y corrieron despavoridos hacia los drakkars, gritando desesperados por zarpar de inmediato. Esta ridícula estampida quedó inmortalizada en las sagas medievales nórdicas, marcando el inicio del fin del efímero intento de colonización vikinga en Norteamérica, derrotados sin disparar una flecha por unos simples y ruidosos pavos.
"El pavo salvaje americano (Meleagris gallopavo) era tan completamente desconocido en la Europa medieval que los vikingos no tenían una palabra en su idioma para describirlo, llamándolo en sus crónicas simplemente 'extrañas aves demoníacas del bosque'."