En el verano del 249 a.C., durante la Primera Guerra Púnica, la República romana preparaba una embestida naval sorpresa para aniquilar a la flota cartaginesa en el puerto de Drépano, en la costa de Sicilia. Siguiendo la estricta tradición castrense de Roma, antes de zarpar era obligatorio consultar los auspicios mediante los pulli sacri, unos pollos sagrados cuyo apetito revelaba la voluntad divina. Si las aves devoraban el grano con avidez, la victoria estaba garantizada. Sin embargo, aquel amanecer, los pollos mareados por el oleaje rechazaron el grano y se negaron a salir de sus jaulas, augurando un desastre cósmico ante la mirada aterrada de los remeros.
El cónsul y comandante en jefe, Publio Claudio Pulcro, perdió los estribos ante la superstición de sus hombres. Incapaz de aceptar que un puñado de aves de corral retrasara su gloria militar, agarró las jaulas y rugió la frase que sellaría su destino: «¡Que beban, ya que no quieren comer!». Sin dudarlo, arrojó a los pollos sagrados por la borda hacia las profundidades del mar Tirreno. La tripulación, convencida de que navegaban bajo una maldición inexorable, cayó en un pánico absoluto. Pulcro ordenó el ataque a ciegas, pero la maniobra fue tan torpe y descoordinada que el almirante cartaginés Adhérbal aprovechó el caos para rodear a los romanos contra los acantilados de la costa.
La respuesta cartaginesa fue implacable. Sin perder una sola nave, Cartago hundió o capturó 93 quinquerremes romanas y masacró o tomó como prisioneros a casi 20.000 legionarios y marineros. Pulcro logró escapar a duras penas con solo treinta embarcaciones maltrechas, convirtiéndose en el hazmerreír y el hombre más odiado de la República. De regreso en Roma, el Senado lo despojó de su mando de inmediato y lo procesó por alta traición y sacrilegio, imponiéndole una multa colosal que arruinó a su estirpe. La peor catástrofe naval de Roma en esa guerra no la provocó una tormenta ni la superioridad enemiga, sino la rabieta de un cónsul contra unas gallinas.
"Años después, la hermana del cónsul fue multada por el Senado al desear públicamente en un atasco callejero que su hermano reviviera para perder otra flota y así descongestionar Roma de plebeyos."