En plena selva de Veracruz, México, en 1862, un jornalero de la Hacienda de Hueyapan desbrozaba la densa maleza cuando su azadón chocó con una superficie curva y metálica al tacto. Creyendo haber tropezado con el fondo de una paila de hierro colonial enterrada boca abajo, el hombre abandonó su labor y corrió a buscar al capataz: estaba seguro de que aquel recipiente ocultaba un cuantioso tesoro de monedas de oro. En cuestión de minutos, una cuadrilla de peones armados con palas y picos acudió al sitio para desenterrar la supuesta fortuna.
La codicia mutó de golpe en desconcierto cuando la tierra arcillosa cedió y reveló que no había metal alguno. Lo que asomaba era una cabeza humana colosal tallada en basalto, de casi dos metros de alto y varias toneladas, con una mirada inexpresiva, una especie de casco ajustado, nariz ensanchada y labios gruesos. El realismo del rostro aterró a los trabajadores locales, quienes temieron haber liberado a un demonio sepultado por una raza extinta de gigantes, dejando la excavación a medio terminar presa del pánico.
Enterado del hallazgo, el explorador aficionado José María Melgar y Serrano viajó a la zona en 1862 y documentó la pieza con asombro, formulando una teoría disparatada: concluyó que el rostro probaba que marineros africanos habían colonizado México milenios antes de Colón. Sin sospecharlo, aquel campesino que perseguía una olla de oro acababa de desenterrar la Cabeza Colosal de Hueyapan, el primer vestigio descubierto de la civilización Olmeca, la cultura madre mesoamericana que la ciencia de la época ni siquiera sabía que había existido.
Aquel campesino que perseguía una olla de oro acababa de desenterrar el primer vestigio descubierto de la civilización Olmeca.
"Melgar quedó tan deslumbrado por los rasgos de la escultura que llegó a publicar que la cabeza era la prueba definitiva de refugiados sobrevivientes de la mítica Atlántida."