La madrugada del 9 de diciembre de 1917, tras cuatro siglos de ininterrumpido dominio otomano, las últimas tropas turcas evacuaron Jerusalén en absoluto caos. Desesperado por evitar que la artillería británica redujera a escombros los Santos Lugares, el alcalde de la ciudad, Hussein Salim al-Husayni, improvisó una bandera de rendición arrancando una sábana blanca del Hospital Americano. Montó en un carruaje maltrecho y avanzó hacia las líneas enemigas para entregar oficialmente las llaves de la urbe sagrada y poner fin al asedio.
El protocolo militar se transformó de inmediato en una farsa burocrática. En el camino embarrado de Jaffa, el dignatario no halló generales victoriosos, sino a dos sargentos británicos de intendencia que se habían extraviado buscando huevos frescos para el desayuno del batallón. Atónitos ante la solemne comitiva que les imploraba que tomaran posesión de Jerusalén, los cocineros James Sedgewick y Frederick Hurcomb se negaron en redondo a aceptar las llaves porque no tenían rango ni permiso de sus superiores para recibir imperios.
La capitulación tuvo que repetirse hasta en cuatro ocasiones a lo largo del mismo día: patrullas de artillería, tenientes y un general indignado fueron aceptando y anulando la entrega sucesivamente para no robar el protagonismo a los altos mandos. Finalmente, el general Edmund Allenby orquestó una quinta y pomposa ceremonia oficial dos días más tarde. Para colmo de males, el agotado alcalde contrajo una letal neumonía tras pasar horas empapado en el barro rogando que alguien aceptara la rendición, muriendo apenas unas semanas después.
"La legendaria sábana blanca de hospital con la que Jerusalén se rindió a los cocineros británicos sobrevivió a la guerra y hoy se conserva intacta en el Imperial War Museum de Londres."