A principios del siglo XX, la psiquiatría latinoamericana buscaba desesperadamente métodos innovadores para tratar los trastornos mentales. En 1912, en el bullicioso Hospicio de las Mercedes de Buenos Aires, el doctor Braulio Larrea ideó un experimento tan audaz como bizarro: un aparato portátil para repolarizar el cerebro humano mediante descargas eléctricas directas, convencido de que la locura era simplemente un cortocircuito en los cables de la mente.
Sin pruebas clínicas previas en animales, Larrea fabricó un casco metálico conectado a una dinamo artesanal y comenzó a aplicarlo masivamente a los internos. Las sesiones provocaban efectos secundario aterradores: los pacientes sufrían convulsiones violentas, arrojaban espuma por la boca y, en varios casos, quedaban temporalmente amnésicos, mientras el médico anotaba emocionado que sus 'cerebros estaban siendo reiniciados con éxito'.
El experimento terminó abruptamente cuando un inspector ministerial presenció una de las sesiones de alto voltaje y clausuró el aparato al comprobar que las descargas no curaban la psicosis, sino que dejaban a los pacientes catatónicos. La máquina fue confiscada y el caso archivado bajo secreto médico para evitar un escándalo internacional que avergonzara a la vanguardia científica porteña.
"A pesar del desastre, el doctor Larrea nunca perdió su licencia y años más tarde intentó patentar una silla vibratoria para curar el hipo."