A principios del siglo XX, la fiebre por el descubrimiento del radio y los rayos X desató una carrera científica sin frenos. En 1910, el doctor Kenjiro Yamakawa y su equipo en Tokio intentaban desarrollar un tratamiento revolucionario contra los trastornos del sueño y la fatiga crónica, inspirados por el éxito occidental de los tónicos minerales. Convencidos de que la energía atómica era la fuente de la eterna vitalidad, decidieron disolver sales de radio en agua destilada para crear un brebaje milagroso que llamaron 'Radiovita'.
El experimento escaló rápidamente de los tónicos a las inyecciones intravenosas directas en decenas de pacientes incautos que acudían buscando aliviar el insomnio. Lo bizarro ocurrió semanas después: los enfermos no solo no curaron sus males, sino que comenzaron a emitir una tenue luz verdosa en la oscuridad y a perder el tejido de sus encías y mandíbulas. La radiación invisible estaba destruyendo sus cuerpos desde adentro, mientras el hospital celebraba el supuesto éxito energético del tratamiento basándose únicamente en el brillo de los pacientes.
El escándalo fue sepultado discretamente por las autoridades médicas imperiales cuando los primeros voluntarios comenzaron a morir de necrosis severa y envenenamiento por radiación. Este oscuro accidente clínico demostró de la forma más trágica los peligros mortales de la euforia radiactiva de la época, convirtiéndose en uno de los primeros desastres médicos por radiación en la historia de Asia Oriental.
"Los frascos sobrevivientes de aquel tónico japonés de 1910 siguen siendo altamente radiactivos hoy en día, enterrados bajo estrictas normas de seguridad en un depósito secreto de Tokio."