Europa Occidental vivía sumida en el siglo XVII entre el fervor religioso y el terror invisible a la brujería, un caldo de cultivo perfecto para la locura colectiva. En un aislado convento de monjas en la región de Alsacia, la rutina piadosa se desmoronó repentinamente cuando una de las hermanas comenzó a emitir extraños sonidos felinos sin explicación aparente, un comportamiento que rápidamente se contagió a las demás compañeras del claustro hasta volverse insostenible.
En cuestión de días, decenas de monjas abandonaron el habla humana para dedicarse exclusivamente a maullar de forma sincronizada durante horas interminables. El fenómeno escaló a niveles aterradores cuando todas empezaron a trepar por los muebles, rasguñar las puertas y caminar a cuatro patas imitando con absoluta precisión los movimientos de los gatos, sembrando el pánico entre los sacerdotes locales que creían firmemente en una posesión demoníaca masiva.
El delirio colectivo solo se detuvo cuando las autoridades civiles amenazaron públicamente con azotar a las monjas hasta que recuperaran la cordura, una drástica medida que cortó el brote de raíz de inmediato al infundir más miedo que la supuesta maldición felina. Este bizarro episodio quedó registrado en los anales médicos como uno de los casos más extremos documentados de histeria de conversión en la historia moderna.
"Este inusual brote de histeria felina ocurrió pocas décadas antes de que la vecina región francesa viviera el infame pánico de los juicios a las brujas de Salem."