En el año 1014 d.C., en el corazón de El Cairo medieval, el sexto califa fatimí, Al-Hákim bi-Amr Allah, decidió purgar la moral de su imperio mediante una de las órdenes jurídicas más extravagantes jamás redactadas. Obsesionado con el aislamiento civil y convencido de que la inmoralidad nacía en los mercados urbanos, el monarca no se limitó a exigir el retiro doméstico: prohibió por decreto que los artesanos confeccionaran, vendieran o repararan calzado femenino en todo Egipto. Quien cosiera una sola suela para una mujer se enfrentaba a la pena capital y a la exposición pública de su cadáver en las murallas de Bab Zuwayla.
El impacto paralizó por completo la estructura social. Patrullas armadas registraban los talleres de cuero incautando hormas pequeñas y patrones de corte para evitar cualquier fabricación clandestina. De este modo, la población femenina quedó físicamente confinada por carecer de calzado con el que desplazarse sobre el suelo ardiente y rocoso de la ciudad. La medida formaba parte de una serie de edictos absurdos dictados por el soberano —quien también prohibió comer el estofado tradicional de *mulujía* y obligó a abrir los comercios solo de noche—, desatando un mercado negro de babuchas viejas que las familias adineradas alquilaban a precios astronómicos para emergencias.
El delirio represivo culminó en tragedia cuando los espías del califa descubrieron a varias mujeres reunidas clandestinamente en un baño público de la ciudad. Como castigo ejemplar, Al-Hákim ordenó tapiar las salidas con piedra y cal viva, sentenciando a muerte a todas las ocupantes en el interior. El insólito veto al calzado femenino se mantuvo vigente de forma estricta hasta la repentina desaparición del califa en 1021, cuando se adentró solo en el desierto y únicamente se recuperó su ropa ensangrentada. Su sucesor derogó el decreto de inmediato, desatando una reactivación masiva del gremio de zapateros en todo el norte de África.
"Durante los siete años que duró la prohibición, las bodas egipcias se celebraban con las novias completamente descalzas y se prohibió enterrar a las mujeres fallecidas con cualquier tipo de suela protectora."