En el verano de 1739, el barón Charles Le Moyne de Longueuil lideraba un batallón de soldados franceses e indígenas a lo largo del río Ohio para sofocar una rebelión nativa en Luisiana. El calor sofocante y el barro obligaron a la columna a detenerse cerca de un manantial salino en lo que hoy es Kentucky. Al penetrar en la ciénaga pantanosa, los exploradores no encontraron provisiones ni enemigos, sino una escena de pesadilla: la superficie del lodo estaba tapizada por fémures titánicos y colmillos de marfil que doblaban la altura de un hombre. Sin sospecharlo, acababan de protagonizar el primer gran hallazgo paleontológico accidental de América del Norte.
Aterrados, los exploradores creyeron haber descubierto el cementerio de una raza de gigantes bíblicos exterminada por un cataclismo. Longueuil ordenó a sus hombres desenterrar los trofeos más sobrecogedores: un fémur de casi un metro y medio, tres molares que pesaban más de cuatro kilos cada uno y un colmillo gigantesco. Cuando estas reliquias llegaron a los laboratorios de París, la comunidad científica entró en pánico. El naturalista Louis Jean-Marie Daubenton analizó los molares y concluyó que tenían cúspides puntiagudas diseñadas para desgarrar carne, bautizando a la criatura como 'el animal desconocido del Ohio': un elefante carnívoro del tamaño de una casa que, según creían, aún acechaba en las selvas vírgenes del continente.
El hallazgo desató una histeria científica que duró décadas. El propio Thomas Jefferson se obsesionó con la criatura, convencido de que la extinción era una herejía biológica y que los monstruos devoradores de bisontes seguían vivos más allá del Misisipi. Décadas después, el anatomista Georges Cuvier resolvió el enigma al examinar nuevamente los restos de Longueuil: no era un devorador de hombres, sino el 'Mastodonte americano', una especie prehistórica herbívora. La expedición de Longueuil, que apenas buscaba un atajo militar en el barro, terminó regalándole a la humanidad la primera prueba irrefutable de que especies enteras podían desaparecer para siempre de la faz de la Tierra.
"Thomas Jefferson ordenó a los exploradores Lewis y Clark en 1804 buscar mastodontes vivos en el oeste para demostrar que los franceses exageraban su extinción."